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Prof. Ausina.
Prestigio y anonimato son compatibles
Vicente Ausina Ruiz es un ejemplo de que prestigio y anonimato son perfectamente compatibles en la medicina. Su trayectoria profesional y sus trabajos científicos no admiten dudas acerca de su aportación a la microbiología y las enfermedades infecciosas, por las que acaba de ser premiado por la Fundación Uriach, y sin embargo es un total desconocido fuera de su especialidad. El no parece contrariado por ello y accede, algo abrumado, a revelar quién es.
Su padre, como buen valenciano, se dedicaba al cultivo de naranjas. ¿Qué le llevó a usted de los campos de cítricos a la Facultad de Medicina de la Universidad de Valencia?. Con 4 o 5 años ya quería ser médico. Mis padres tenían un amigo que lo era y yo fui su primer parto, cuando estaba recién licenciado. Este médico me estimuló.
¿Fue buen estudiante?
Tuve dos fases. Me lo pasé muy bien en el pueblo, con mucha actividad extraescolar. Vivíamos en una casa grande, con un gran almacén, y teníamos bicicletas. Durante el verano no bajaba de la bicicleta ni para comer. El bachillerato lo hice en los salesianos y hubo maestros que me impactaron -los de sotana, no- y que me incentivaron para estudiar. Recuerdo especialmente a los de química, ciencias, literatura. En la facultad todo cambió mucho porque todo lo que hacía me interesaba.
¿Por qué eligió Barcelona para hacer la residencia de Medicina Interna?
Cuando acabé hice milicias universitarias, en dos fases. La primera me enviaron a Ronda, Málaga, a infantería. No teníamos agua, vivíamos 20 en una tienda. y el único momento agradable era la ducha del día. Horrible. No podía sacar buena nota para que así no me hiciesen mandar la tropa. Al final me pasaron a La Granja, a Segovia, con un capitán valenciano al que le pregunté: "¿Qué prefiere que sea: un buen médico o un mal infante?", y me mandaron a sanidad. En la tienda coincidí con Rafael Matesanz y todos los compañeros queríamos hacer medicina interna, una especialidad de moda en la que entonces había dos escuelas importantes: la de la Jiménez Díaz, de Madrid, y la de Pedro Pons, del Clínico de Barcelona. Se hacían por aquel entonces los primeros exámenes MIR en varios puntos de España y yo, como estaba en La Granja, me fui a examinar con Matesanz a Madrid. Todos sacamos buenas notas y, como pude elegir, me decidí por la Jiménez Días para hacer la residencia. Yo tenía muy claro que me quería ir de Valencia, que era un mundo muy cerrado, pero mi padre me dijo: "Tú a Madrid no vas; aquello es un mundo de perdición. Prefiero que vayas a Barcelona, que a fin cuentas son hermanos nuestros". |
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¿Nacionalista?
Sí. Y también muy republicano, por tradición, como yo. Mi padre no había hablado nunca en castellano.
¿Discutieron?
Yo quería irme, pero no discutí y renuncié a la plaza en la Jiménez Díaz. Mi profesor, médico militar, Francisco Javier García Conde, me dijo: "Vicente, no te preocupes porque tengo buenos amigos en Barcelona y ahora mismo te hago una carta de recomendación". La cogí y me fui solo a Barcelona, en un tren y con tres o cuatro cosas en una maleta.
¿Qué le pareció Barcelona?
Llegué a la Estación de Francia y no sabía a donde ir después, ni conocía la ciudad. Cuando llegué a las Ramblas pensé: "Esto es el mundo, yo me quedo aquí". En la Plaza Real, desde un hostal, llamé a unos amigos de mi familia que me dijeron: "Espérate, no te muevas, no hagas una reserva en ninguna pensión porque ahí no te quedas". Después me llevaron a un lugar algo más aconsejable. Una vez instalado, le llevé la carta de recomendación al doctor Francesc Vilardell, del Hospital de San Pablo, que me dijo que no había plazas de residencia en digestivo pero que quedaban seis en urgencias y en medicina interna. En eso que vinieron a verme mis padres, con dinero; preparé el examen y, tras aprobarlo, entré finalmente en el San Pablo.
¿Qué recuerda del postgrado en el Hospital de San Pablo de Barcelona y qué profesores le dejaron huella?
Soler Durall creó por aquel entonces un servicio de urgencias modélico. También me influyó mucho Guillem Verger. Mis compañeros de la época eran Miguel Pérez Mateo, que ahora es catedrático en Alicante, y Maria Antonia Sambeat, que es jefe de sección en el San Pablo. Recuerdo que íbamos a casa de Verger a estudiar una vez o dos veces a la semana y que su mujer, que era muy amable, nos hacía café. Quise mucho a Verger. De urgencias pasé con él a la Sala de San Rafael, uno de los pabellones del San Pablo, en la que había una paciente que vivía allí -incluso se había hecho tarjetas de visita con la dirección del hospital-. Verger lo cambió todo un poco. Nos ingresaban los enfermos con patología infecciosa y es ahí donde empecé a aficionarme, hasta decidir estudiar microbiología. Me salió la posibilidad de ir a formarme como endocrinólogo a un hospital de Quebec, en Canadá, pero cuando se lo comenté a Verger, él me lo quitó de la cabeza diciendo que la microbiología estaba potente en el hospital y que ya hablaría de mí con Guillem Prats, que estaba creando un servicio de patología infecciosa, para que trabajase con él.
En mi formación como microbiólogo he de reconocer el magisterio, afecto y confianza que siempre me demostró (aún hoy) el Dr. Prats. Me enseñó todo lo que sabía y también mucho de lo que intuía, como un hermano mayor. La microbiología clínica española estaba iniciando entonces (estoy hablando de la segunda mitad de la década de los setenta) su impresionante camino. Recuerdo, con simpatía y gratitud, aquellas largas conversaciones y discusiones alrededor de su mesa de trabajo. No éramos conscientes entonces que con aquella síntesis intuitiva que comenzábamos a hacer de lo bueno de la cultura microbiológica europea (que habíamos vivido o estábamos viviendo en aquellos momentos) y de la norteamericana (que aprendíamos de buenos libros y revistas), enriquecida con las propias experiencias, estábamos sentando las bases de una importante escuela de la microbiología clínica española, de la que yo me siento hoy uno de los primeros y privilegiados discípulos.
¿Qué le pareció Barcelona?
Llegué a la Estación de Francia y no sabía a donde ir después, ni conocía la ciudad. Cuando llegué a las Ramblas pensé: "Esto es el mundo, yo me quedo aquí". En la Plaza Real, desde un hostal, llamé a unos amigos de mi familia que me dijeron: "Espérate, no te muevas, no hagas una reserva en ninguna pensión porque ahí no te quedas". Después me llevaron a un lugar algo más aconsejable. Una vez instalado, le llevé la carta de recomendación al doctor Francesc Vilardell, del Hospital de San Pablo, que me dijo que no había plazas de residencia en digestivo pero que quedaban seis en urgencias y en medicina interna. En eso que vinieron a verme mis padres, con dinero; preparé el examen y, tras aprobarlo, entré finalmente en el San Pablo.
¿Cómo influyó en su carrera su paso por el Instituto Pasteur de París?
Guillem Prats y Guillem Verger eran muy pro europeos. Prats tenía buena relación con el Instituto Pasteur de París e hizo contactos para que yo fuese a hacer allí micología. Estuve con François Mariat, que fue muy generoso conmigo en todos los aspectos; Gabriel Segretain y Emile Drohuet. Eran gente muy importante dentro de la ciencia europea y, posteriormente, no perdí la relación con ellos hasta que se jubilaron. Los tres codirigían, sin interferencias, y se repartían la responsabilidad muy bien.
Olvidaba al Dr. Hugo David, que era jefe del servicio de micobacterias del Instituto Pasteur. Le recuerdo por la amistad con que me honró, por su extraordinaria capacidad de trabajo y su gran rigor científico. Además era, como yo, fumador. Las reuniones de trabajo las hacíamos a veces paseando por los jardines del instituto y fumando unos pitillos. Hoy está ya jubilado y vive en Lisboa.
Para no romper con el tópico, se casó con una enfermera del servicio de urgencias del Hospital de San Pablo. ¿Cómo se conocieron y cómo cuajó la relación?
En el servicio de urgencias me sorprendió la competencia profesional de los médicos y la formación de las enfermeras de la Escuela de San Pablo. Entre ellas destacaba Montse, que de entrada acaparó toda mi atención porque era competente y...guapísima. Las enfermeras llevaban entonces una cofia que a ella le sentaba perfecta. Me prendó en seguida y me gustaba trabajar con ella. Y bueno...comenzamos a salir y me declaré muy pronto. Ella me contestó que sí.
Pasó 26 años en el Hospital de San Pablo, 13 de ellos como jefe clínico. ¿Por qué se fue?
San Pablo siempre será algo muy querido para mí, por los compañeros, los amigos y el complejo modernista. Guillem Prats y yo vimos la necesidad de aprovechar oportunidades para expandir la escuela. La Ciudad Universitaria de Bellvitge me hizo la primera oferta pero yo, en aquel momento, estaba muy productivo científicamente y me sentía cómodo (el pobre Prats era el que se comía todos los marrones); contaba con colaboradores con gran capacidad de trabajo. Y dije que no, pero después comenzaron las dificultades económicas en el hospital y, teniendo en cuenta mi edad, pensé que tenía que tomar una decisión al respecto. José Navas, que hoy es director gerente de los hospitales del Instituto Catalán de la Salud pero que entonces era gerente del nuevo Hospital Germans Trias de Badalona, es quien me hizo la propuesta para venir a este centro del ente público en 1993.
Ese año llegó al hospital badalonés para ocupar la plaza de jefe del servicio de microbiología y la de coordinador de patología infecciosa. ¿Qué impresión le causó el nuevo centro?
La microbiología estaba poco desarrollada. Mi compromiso con el gerente fue ayudar a hacer el hospital. Incorporé gente del Hospital de San Pablo, especialmente a Lourdes Matas, y conté con los profesionales del propio centro como, por ejemplo, Joan Arnal y José María Monterola, que venían de escuelas muy diferentes, como la de los Hospitales del Valle de Hebrón, y me ayudaron mucho en el desarrollo y expansión del servicio.
Es un trabajador incansable. A juicio de algunos de sus colaboradores es muy exigente pero, como se exige a usted mismo más que a nadie, los demás parece que lo llevan bien. ¿Qué opina de eso de la autoridad moral? ¿sirve realmente para dirigir equipos?
Es la única manera. El personal de plantilla en una institución pública como es el Instituto Catalán de la Salud tiene que ver que quien lidera es el primero en llegar, y yo lo hago a las siete y media en punto de la mañana. Tengo las clases de 8 a 9, con los alumnos bien frescos porque la microbiología es dura, y el personal del servicio tiene que llegar a las 8. En el trabajo, igual: si hay que exigir, hay que dar ejemplo. Al final de la jornada nadie mira si son ya las 5, porque si hay trabajo hay que hacerlo, pero por eso también hay flexibilidad en otros aspectos.
¿Qué satisfacción le ha aportado la docencia? ¿Es buen profesor?
Es algo que no he dejado nunca. Comencé en la Facultad de Medicina de la Universidad Autónoma de Barcelona con sólo 24 años. He cambiado, creo que era más duro cuando era más joven y que ahora soy mucho más comprensivo. También habrá influido algo que tengo hijos estudiando. No obstante, tengo que reconocer que me he cargado a mucha gente, pero siempre he tenido una relación cordial con mis alumnos y me he preocupado de ellos. Nunca me han reprochado nada.
¿Y la investigación?
Es un complemento muy importante para mí y me da muchas satisfacciones.
Es un profesional con un currículum muy brillante, premiado recientemente por ello por la Fundación Uriach y, sin embargo, es prácticamente desconocido fuera de su especialidad. ¿Es el suyo un caso aislado o es más frecuente de lo que parece entre la profesión médica?
Mucho más frecuente en nuestro campo. La microbiología clínica española, con 10 o 12 equipos punteros, ha hecho aportaciones muy importantes. Es la más potente de la Unión Europea. En patología infecciosa, igual. La Sociedad Española de Enfermedades Infecciosas y Microbiología Clínica, que agrupa a clínicos y básicos, es todo un orgullo para mí. Seré su presidente a partir del mes de setiembre próximo.
¿Con qué grupos se relaciona más en el ámbito internacional? Trabajar en España, ¿es un 'handicap'?
Nos relacionamos mucho con la Universidad de Fort Collins, en Colorado; con Patrick Brennan, que es una autoridad mundial en pared bacteriana, y con Ian Orm, que es inmunólogo especializado en tuberculosis y que ha formado a gente nuestra.
Tiene dos hijos. ¿Por qué no han querido seguir sus pasos estudiando medicina?
Eva quería estudiar Medicina pero finalmente hace pedagogía y está muy feliz. El pequeño es más independiente y hasta COU sólo sabía una cosa: "No quiero ser lo que tú". Parece que la ingeniería química le apasiona; ya veremos.
¿Sigue jugando a basquet con su hijo?
El juega mucho y también tengo un sobrino que juega profesionalmente. El mío, David, comenzó muy pequeño y se ha recorrido toda España con el equipo. Tuvo una oferta del Hospitalet, del equipo B, y está encantadísimo, aunque es durillo. Por ahora no ha perdido la ilusión y tengo que reconocer que mi mujer y yo nos hemos aficionado también a ese deporte acompañándolo. El basquet es un deporte muy majo cuando lo entiendes.
Dicen que hay fotos suyas con el equipo de futbito del Hospital de San Pablo, vestido de abeja Maya. ¿Son malas lenguas?
Es verdad. Eramos un grupo que nos gustaba mucho viajar y jugar al fútbol, primero en campo grande y luego en pequeño. Nos vestíamos en amarillo y negro (alguien nos regaló aquella vestimenta).
Fuma mucho.
Es falso. Bueno, no...no lo es. Me acompaña mucho, pero considero que no es bueno. De fumar un paquete y medio pasé a uno e intento mantenerlo. He intentado dejarlo, pero...
Para compensar un poco, le gusta mucho ir a la montaña, en otoño, a buscar setas. ¿No se equivoca al seleccionarlas?
Soy buen conocedor de la micromicología y estoy aprendiendo micología macroscópica con Jaume Rovira, que es jardinero, amigo y un buen profesor.
Hace tres años sufrió una fractura grave que le dejó fuera de juego durante una larga temporada. ¿Fue buen paciente? Dicen que nunca se quejó.
Hoy aún estoy sorprendido. Fui buen paciente. Aguanté mucho. No me podía mover. El día así es muy largo y yo no había estado nunca enfermo. En el servicio pasábamos en ese momento por todo el proceso para lograr la acreditación ISO y yo aprovechaba que estaba inmovilizado para revisar protocolos. Así me entretenía. También veía la televisión y escuchaba música, pero fue muy duro y además, parecía que no quedaría bien de la lesión. Tengo que reconocer que entonces vi que no soy tan imprescindible como me parecía.
¿Por qué suele decir que le gustaría retirarse como director de la Casa de España en París?
Es verdad. Durante mi época de formación en el Instituto Pasteur de París me lo pasé muy bien. La Casa de España estaba entonces cerrada y recuerdo que es un lugar excelente, muy bien ubicado. Además, siempre he pensado que está mal llevada. Si uno tiene un buen amigo político al que pedirle el favor es un proyecto fantástico para no jubilarse totalmente. Puedes, por ejemplo, dedicarte a orientar a los estudiantes españoles en las universidades de allí.
¿Qué le quita el sueño?
Varias cosas: ¿qué será de mi especialidad en el futuro?, ¿por qué la tratan tan mal los gestores?, ¿qué será de la gente que estamos formando ahora? También me preocupa que, a pesar del esfuerzo en investigación biomédica que estamos haciendo en España, no logremos estar a la altura frente a los Estados Unidos y que, en el contexto europeo, no seamos capaces de lograr destinar un tres por ciento del Producto Interior Bruto a investigación y desarrollo.
Otro asunto que no puedo quitarme de la cabeza es cómo va a tirar adelante mi hospital, en el que pronto se va a crear un instituto de investigación biomédica, de más de 9.000 metros cuadrados de superficie. La verdad, espero que todo vaya bien.
Llegados a este punto: ¿cambiaría algo de su vida profesional y científica?
Cuando yo era joven leí, no recuerdo dónde, una frase que me quedó muy grabada en la memoria. Decía lo siguiente: "Hay gente que hace que pasen cosas, algunos miran cómo pasan las cosas y otros se preguntan qué es lo que ha pasado". Yo, por mi manera de ser, siempre he querido pertenecer a las personas del primer grupo. Seguramente por esta razón me he equivocado y he fracasado tantas veces. Y he vuelto a empezar, una y otra vez. Pero si analizo mi vida con cierta perspectiva, incluyendo fracasos, he de confesarle que no me arrepiento de nada. Sigo pensando hoy que la mejor manera de predecir el futuro es creándolo.
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