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Gabriel Metsu era originario de Leyden y, como tantos otros artistas de su generación, marchó a Amsterdam para buscar fortuna hacia 1657. Allí desarrolló una carrera fructífera realizando obras de temática histórica o mitológica, retratos, bocetos, bodegones y, sobre todo, escenas de la vida cotidiana de la burguesía holandesa, al estido de Pieter de Hooch (1629-1684), Gerard Ter Borch (1617-1681) o Jan vermeer (1632-1675), con quien coincidió en los personajes pacíficos y los ambientes llenos de limpieza.
En esta obra, Metsu presentó la imagen de un niño enfermo y pálido que descansa en el regazo de una mujer. Sobre una mesa que hay al lado se encuentra un cuenco de barro con una cuchara que quizá contenga miel, caldo, o una papilla que la mujer ha administrado al niño. Comp toda decoración, en la pared cuelgan un mapa abierto y un cuadrito con la Crucifixión que podría aludir al significado de la obra, una alegoría sobre la caridad. Nadie más que una mujer o una madre cuidando de un niño podría encarnar mejor esa virtud.
Es posible que el niño padeciera una anemia, ya que aparece pálido t débil con los bracitos y piernas colgando sin fuerzas. También el gesto cansado y la postura recostada, junto al pelo ralo y suave, hablan de su enfermedad. Sólo los ojos parecen llenos de vida. Los colores terrosos de la composición apoyan este estado de fatiga y agotamiento causado por la enfermedad , quizás una gripe que su cuerpo intenta eliminar mediante la fiebre, manifestación defensiva del microorganismo que ha consumido sus fuerzas.
Seguramente, el artista realizó dibujos preparatorios de niños para acometer con mayor realismo la composición, tal y como hiciera en su día Rembrandt van Rijn, pintor al que admiraba. No obstante, Metsu huyó del dramatismo exacerbado para reproducir una atmósfera íntima y llena de sencillez. Metsu no deseaba moralizar ridiculizando a los personajes y las situaciones que protagonizan, sino mover al espectador a la ternura.
Los detalles, especialmente las calidades y texturas de los objetos, están perfectamente representados, tal y como Metsu aprendió de su maestro Gerrit Dou. El color empleado es terroso y suave, sólo roto por destellos de rojo y blanco.
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